REQUIEM

Caminaba por un sendero de tierra pedregoso. La carretera se veía horadada por dos surcos paralelos por donde inevitablemente deberían pasar las ruedas de los vehículos.
 El paisaje era llano con suaves ondulaciones. Un paisaje lúgubre hasta el punto de resultarme enfermizo, carente de viveza. Ocres macilentos y escasos verdes chamuscados de espinos, ortigas y abrojos.
El camino serpenteaba en una ligera ascensión hasta llegar a un punto donde comenzaba a haber cipreses plantados a ambos lados del camino.
Si tan solo hubiera sido algo más observador… pero no se puede observar cuando tu corazón esta cegado por la obsesión de huir.
Si tan solo hubiera sido algo más observador como digo, hubiera percibido que el Sol descendiendo pausadamente a mis espaldas tan solo proyectaba mi propia sombra pero los cipreses no proyectaban sombra alguna. Sus sombras habían sido robadas por alguna maldad de tinieblas y yo, queriendo obviar esa realidad que sabía era cierta porque si no, no recordaría en estos momentos este hecho decidí seguir adelante por ese sendero que conducía a las puertas del cementerio.
Las puertas estaban entreabiertas. Rejas sobrias de hierro coronadas por puntas de lanza en parte oxidadas daban acceso al interior del recinto mientras que el perímetro de valla era de un ladrillo que brillaba incandescente con el reflejo del Sol.
¿Por qué entré? ¿Por qué me dejé llevar por la sin razón entrando en un cementerio solitario cuando estaba anocheciendo? ¿Era posible que estuviera jugando a ser víctima y verdugo de mi propio ser? ¿Por qué tenía que dejarme llevar arrastrándome a un lugar donde solo podían cohabitar la muerte y el miedo?
Esta es la razón: mi corazón huía de mi y yo con él.
En esa huída, en derrotero de desdicha y autodestrucción mis pasos se adentraron en  el cementerio y caminé rodeado de tumbas durante un buen rato.
percibí el olor que desprenden los huesos calcinados en el crematorio, me deleite en los epitafios románticos que mujeres habían escrito en memoria de sus amados esposos que se fueron y dejaron huella en sus corazones desde entonces atribulados, madres que lloraban a sus hijos, hombres que murieron en actos heroicos en la guerra, decenas de inscripciones en el mármol donde rezaba “no te olvidamos” y lapidas que tan solo ponían fechas asépticas de una vida que parecía no haberse vivido nunca.
En el cementerio no había sin embargo restos de flores y las tumbas estaban mal cuidadas.
Era un cementerio muerto. Olvidado como todos los que allí habitaban.
Cuando quise darme cuenta la luz del Sol ya no existía y los matices de los contornos se iban diluyendo.
Y entonces lo que había sido una leve sensación de malestar se convirtió en miedo.
Bloqueada mi mente, con mi corazón cobarde alterado y mis sentidos anestesiados busqué refugio en el interior de una casa que no era mas que un cobertizo donde el enterrador guardaba sus herramientas.
¿Qué me llevó hasta allí, a  encerrarme en un lugar semejante?
¿Qué poder de enajenación me hacía dar pasos cada vez más insensatos?
Esta era la razón: el miedo te atenaza cuando huyes de ti mismo.
Yo miraba tras una pequeña ventana hacia el exterior con la puerta cerrada y un pestillo echado.
Mis pupilas se dilataban acostumbrándose a la oscuridad, mis oídos se agudizaban, y mi mente en su profundidad acuosa, allí donde se producen las corrientes que mueven las aguas del los sentimientos,  me instaba desde lo mas recóndito  a salir corriendo, afuera. Pero en la superficie del mar confundido de mi mente, una marejada que no era ya capaz de controlar, me convencía a mi mismo, que nada había de temer porque los muertos no tienen consciencia de nada en absoluto, y un cementerio solo es un lugar donde se albergan solo cuerpos, y pensaba además que allí encerrado, podría pasar la noche algo incomodo eso sí pero sin temer nada hasta que llegara el día.
Entonces saldría de aquel lugar y comentaría con mis amigos mi experiencia y alardearía de mi valor con ese punto de alocada inconsciencia.
Cuan equivocado estaba.
Si hubiera salido corriendo aun en ese preciso momento, hubiera sido la primera vez que huyendo de algo no huía. Simplemente me estaría enfrentando a hacer algo y no quedando plácidamente paralizado.
Porque a partir de ese momento en el que traté de convencerme de mis propios pensamientos presencié el más terrible de los sucesos que mis ojos habían visto y su consecuencia más funesta.
En febril estado que arrastraba todos mis sentidos a una marea de vértigo, aquel maldito cementerio comenzó a cobrar vida.
La puerta de acceso chirrió en sus goznes cerrándose  de golpe y una serpiente saliendo de unos matorrales fue deslizándose por el suelo hasta llegar a la puerta. Reptó por ella y a la mitad se enredó entre las dos hojas mordiendo su cola hasta convertirse en una cadena con eslabones infinitos como si fuera la  Serpiente de Midgard de la mitología vikinga, aquella que en su forma gigantesca representa el ciclo perpetuo en la naturaleza hasta el Ragnarok, el día del juicio final.
El muro de ladrillo rojo no había perdido su Incandescencia y una música solemne suspendida en el aire empezó a crear una atmósfera evocadora de muerte. Distinguí en ella su anuncio por llevarla dentro bajo mi piel desde hacía muchos años. « lacrimosa» perteneciente al Requiem de Mozart.
Carácter tan tétrico no podía inspirar en mí más que un miedo atroz a tal punto que me costaba respirar.
Intentaba no pensar, intentaba cerrar los ojos, pero estaba embebido de la atracción morbosa que condiciona los sentidos, cuando quieres encontrar una respuesta a aquello que niegas a creer, cuando miras allí donde sabes que no debes mirar.
La música condicionaba mis sentimientos y me impulsaba a llorar.
Mi llanto era tan amargo que sentía un escozor en mi garganta y me hundía cobardemente en la conmiseración de mi mismo.
La escena que contemplaba era como el preludio del último acto de una ópera,cuando con el telón echado los tramoyistas van cambiando todo el decorado y el atrezzo para aderezar la tragedia que sobrevendrá.
La diferencia es que yo desde mi posición era espectador y protagonista pudiendo contemplarlo como si tuviera visión nocturna o estuviera tocado por un poder sobrenatural que me permitía entrar en un universo paralelo , un multiverso cercano al inframundo.
Porque la antesala que precede a tu muerte, adopta la forma en la que tú te has proyectado durante toda la vida.
Las tumbas empezaron a sufrir un proceso de transformación, el granito y el mármol parecían estar volviendo a su estado primigenio cuando eran magma fundido en las entrañas de la tierra. En ese ese proceso  veía como fluctuaban entre el estado sólido y el líquido, más cuando se solidificaban y parecía que pasaba la fiebre que las había poseído las lapidas borboteaban ampollas de cera que al enfriarse se convertían en cirios cada vez mas altos.
Demencia atribulando mi alma para llevarme a oír el sufrimiento de las ánimas, lamentándose  no por que estuvieran siendo atormentadas, no por su condición de inactividad,no por la desagradable desdicha de no poder  volver a ver a sus seres queridos o que estos los echen de menos, no por nada de eso si no más bien por aquella laxitud  ante la vida que mostraron cuando podían disfrutarla.
Porque aquel cementerio albergaba las almas de aquellos que estuvieron penando amargados durante su existencia, aquellos que vivieron paralizados por el miedo, que no buscaron una salida, que decidieron huir o refugiarse en si mismos en vez de hacer frente  a los problemas, aquellos que prefirieron no pensar para no verse en la tesitura de tomar decisiones de cambio, podía contemplar como ectoplasmas sus  rostros desdibujados con muecas torcidas, tomando forma etérea en el aire, hijos de la postergación y el desánimo, incapaces de actuar, vencidos cuando ni siquiera habían luchado.
Sus lamentos hablaban de la vida no vivida que habían dejado escapar.
Daba igual que fueran hombres o mujeres, que hubieran sido amantes o amados,héroes de guerra o personajes anónimos.
Y entonces comprendí.
 Yo había llegado hasta allí por mis propios pasos. Sus lamentos me anunciaban que pronto me reuniría con ellos.
Intentaba resistirme, gritaba que no había llegado mi momento, pedía clemencia a un dios que nada tenía que ver conmigo, llegué a vomitar a mearme encima, a golpear mi pecho con mis puños y mi cabeza contra la pared para salir de aquello que quería creer que era producto de mi imaginación…
El enterrador apareció en escena. Con sus ojos luminiscentes y un sombrero de pico totalmente  ridículo hecho con papel de periódico. Hablaba en un dialecto extraño mezcolanza de  lenguas muertas , recitaba versos extraños, salmodias místicas, palabras hechizadas que no hacía falta entender porque emanaban muerte y terror en sus versos.
Con el brazo extendido señalaba con el dedo  indice  mi tumba, mientras que con una sonrisa desdentada se burlaba de mi cobardía.
Un viento desolador hizo volar la caseta donde me escondía.
Quedé al descubierto, desnudo, despojado de protección. Mis pasos me llevaron sin que yo quisiera al lugar donde se había excavado mi fosa. El enterrador me empujo violentamente al agujero y con  su pala fue vertiendo tierra sobre mi cuerpo. Sentí su peso, la asfixia y me abandone resignado a morir como había hecho durante toda mi vida.
Puede que creas que esto que te cuento es solo una pesadilla, un producto de una imaginación desmedida, la consecuencia de una inspiración tras haber tomado drogas o un simple ejercicio literario de tremebunda agonía.
Seré claro, si estas leyendo esto es porque desde mi tumba me comunico contigo.
Si no me crees solo tienes que visitar mi tumba situada en un pequeño cementerio al que accederás cuando estés huyendo de ti mismo.
Allí encontraras una tumba con una lapida de mármol negro donde con letras doradas quedó grabado mi epitafio.
<<  Si realmente hubiera vivido, habría vivido afrontando mis miedos y no hubiera estado huyendo de mismo; porque hay muchas formas de vivir por el camino que conduce a la muerte inexorable pero la peor de todas es dejar escapar la única vida que tenemos. >>

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